18 ago. 2013

armisticio del espejo

amanece otro día que me llevará a donde tú no estás.

ibuprofeno,
silencio,
noches pesadas sobre la espalda
y la soledad
esparciéndose como abominable diáspora.

en un acto de majestuoso error me ofrezco al espejo solicitando una tregua,
un cese de las hostilidades,
un tiempo que me consta existió
y que ahora se oculta tras las arrugas de mi autopsia.

estoy harto de la batalla,
-le digo-
siempre con el corazón sosteniéndome en hambre
y los dientes cavándome zanjas,
si pudieras dar razón de mí,
si pudieras cercar este diálogo lanzado a la conquista de tus ojos.

pero es inútil,
no resulta,
y me echo de menos,
y también echo de menos a ese niño que atraviesa la vida hasta hacerse salvaje,
con los bolsillos girados de lagartijas y sin intención de dosificarse.

el pasado es dentellada que muerde sin clemencia,
pese a ello
me sumerjo en el oscuro navío de mi adolescencia,
escoltado de enemigos,
con el agua hiriente del abandono,

y me veo por fin en el lenguaje de las palabras duras,
en la libertad perfecta de un cuerpo sin proyectos,
en siete hileras de mentiras,
en un robado de vino,
con jesuscristo interrumpiéndome la cena.

tres muchachas se agolpan a mi alrededor para llamarme libertino,
para llevarme a un lugar donde hurgar la belleza
donde el abandono de la piel se muestra como fuerza repentina.

decidme,
vosotras,
mujeres de muelle y desierto,
aún sigue la fiesta en el bosque
gritando desnudez sin cimientos?

vayamos al templo para lamer la leche y la hiel
de lengua de todos los imperfectos
y colisionar el amor
con el precipicio de la vida.

vuelvo el rostro sojuzgado por el tiempo,
mis sesos infectados de carcajadas,
de murallas bajas y temple en los puertos.

esto soy yo:

una masa de carne sin baluartes,
la perfecta impostura en la boca del alquimista,
un futuro testamento
y la esclavitud
que es el verdadero nombre de mi cuerpo.