16 oct. 2015

salvaje y lacandona

todos nos aferramos a algo:
lo hacemos como dominio tranquilo
o dócil caudal donde acudir
cuando el peso de la tristeza
nos cae como letal plomada sobre la sangre.

algunos se aferran a la seguridad de una laringe muda,
últimos vislumbres de juguetes rotos
y corazones enfermos,
hermosos navíos varados entre dunas.

otros se aferran a trenes de lejanía y acentos nuevos,
fotografías viejas rebozadas en ceniza,
abandonos culpables donde la esperanza
es tan sólo un enemigo más.

en mi caso,
me aferro a esta tristeza que me persigue como brillante día en las Afrodisias,
como ofrenda de serpiente que se enrosca en lo alto de mi cuello,
por la derrota,
en la barra de un bar que supura desgracias,
o sobre el desván de todas las orgías alenjandrinas.

no queda otra,
aferrarse a lugares donde los escombros y las sobras
son como lapiceros roídos que cuelgan de la boca,
calma tensa  de domingo y pretérito llanto 
donde condimentar la tarde eterna.
con 113 cafés
y el delicioso rubber ring de los Smiths
derivando en himno triste de los salvavidas.

me aferro a la inevitable soledad que impacta sobre mi cuerpo,
a la marihuana y al espacio que se crea
entre mi violencia y tu angustia,
al latir que se impone como reivindicación a toda desolación poética
y a la integridad que nos ofrece el desamparo.

me aferro a todo esto y más
porque sé que no volverás a repetirte,
porque sé que,
colocado y grosero,
cada vez que te escribo
me estoy aferrando a esta única existencia que traes,
esta maravillosa libertad que te otorgas
cada vez que manoseas mis noches
y decides,
salvaje y lacandona,
edificar montoncitos de amor
por cada uno de mis poemas.










6 oct. 2015

danza fúnebre para cuarteto de cuerda

muchas veces me siento como un bailarín encerrado en una cajita de música,
con el cuerpo fragmentado y espinoso,
sitiado de tanta mar,
con los ojos fatigados de aliviar el hambre de los pelícanos.

son esas noches de pecio
a las que me aferro como estéril cuerda durante un latido,
donde me pongo a bailar en una forma de rescate,
unos breves pasos,
el tiempo justo para que la música derrame por mis ojos
el fin de todos los sueños estatuarios.

luego el regreso a la oscuridad,
el silencio infinito de la orquesta del naufragio,
las noches al abrigo de la sal,
y el S.O.S de la voz,
como aullido interior,
rompiendo sobre la orilla de mi cuerpo.

interpreto esta melancolía amando y echando a llorar,
con los cabellos inclinándose hacia el gris
y los huesos proyectándome alfileres,
pequeñas danzas de muerte girando a mi alrededor,
melodías de un tiempo que se me hizo corto,
y del que sólo espero
- como último baile -
la suficiente cuerda para el suicidio.


12 ago. 2015

allez plus doucement l'aire me manque

Janis Joplin canta intruder
en el mismo instante en que Katherine Switzer
se convierte en la primera mujer en disputar la maratón de Boston
a pesar de los intentos de los organizadores por detenerla.

pero no es ella sino Bobbi Gibb,
tan libre como Friburgo,
tan acaiciada por el perfume fugitivo del asfalto,
quien se oculta entre los arbustos,
quien cerca la linea de salida a la espera del pistoletazo,
para envolverse entre los atletas y correr
sobre un mundo atrapado por la estratificación de su propio polvo.

y corre,
corre hasta la ausencia,
hasta el agotamiento de las palabras y la música,
primero una zancada,
luego otra,
y otra más,
hasta que ya no puede contarlas,
hasta que el asfalto le golpea el corazón y todo deja de doler.

pese a que no aparecen en la lista oficial
el dorsal de Switzer y la sonrisa de Gibb
corrieron la maratón de Boston.

no sé si conocías la historia,
pero a mi se me muestra preciosa.

te escribo todo esto,

porque sé que te falta el aire,
porque sé que tus días son alfileres largos que se hunden en la carne
de quien no espera mayor recompensa
que el borbotón de la sangre violenta
sobre la podredumbre de un cuerpo abatido que arde sin tregua.

no lo olvides mi soñada Paradis,
todo surge a través de tus ojos
cuando la poesía es un grito de alarma necesaria,
así que corre y no te detengas mi alargada muchacha,
sin dorsal,
sin organizadores,
corre hasta la ausencia de tu nombre
o acaso hasta la voluntad del que acepta
como único cautiverio permitido
la cadena de su propio ADN.