28 abr. 2015

a un poeta incapaz de respetar un suelo recién fregado.

cada despedida es un roto,
un culto a la soledad,
un parto de tristeza.

cada despedida es un perro ladrando a la mar,
la herrumbre de un pecio incrustado en la aorta,
el desgarro del sextante.

naufragamos al partir porque cada despedida parte,
y partir es quebrarse,
hundirse,
no sumar,
restar,
morir,
evaporarse.





7 abr. 2015

como el que vive un relámpago.

hay habitaciones a las que nunca regreso,
espacios que me azotaron hasta el agotamiento,
hasta el despertar de los ojos inflamados y la piel revertida;
lugares donde eché a correr cuesta arriba
perseguido por las sombras de cuerpos furtivos,
testigos de mi depredación,
con las luces del amanecer tiñendo de oscuro el simulacro de mí mismo.

cochambres donde carneé la sal en otro cuerpo igual que el mío,
igual de triste,
igual de huido,
donde habité el frío y el caos aumentó feroz  en una forma de azar indomable,
donde decidí conjurar la esperanza con descaro
escribiendo palabras sin voz,
palabras con regusto a derrota,
miedos impacientes de poderoso olfato
capaces de inhalar 
el perfume de mi vestido de muerto.

pero hay una habitación,
en cambio,
a la que siempre regreso
agitando la lengua como una sábana movida por el viento.

es en esa habitación,
libre de tiempo y meteorologías,
donde te corporizas,
y me inmolo la garganta de gemidos en una ternura mortal,
adosada para siempre a la pared de la retina.

de una forma u otra,
igual que los buitres de gettysburg,
acudo a la llamada en un giro de vuelo ingobernable,
y por una vez existo,
puro,
salvaje,
como el que vive un relámpago
sobrevolando el único lugar
donde habita la carroña de tu carne.