In illo tempore, cuando yo ligaba y una mujer me ofrecía sus encantos dejándome acceder a su piel desnuda, me gustaba buscar sus lunares, asimilarlos a estrellas, agruparlos en constelaciones reales o imaginadas, bautizarlos, recorrerlos, aprendérmelos. Y luego en mi casa dibujar ese cielo luminoso sobre un papel en blanco, perfilando lo que denominaba y sigo denominando, un "mapa lunárico"
He encontrado Osas Mayores, Menores, Andrómedas, Casiopeas, Pléyades, Sirios, Dubhes, Alcores. Las he encontrado en brazos, piernas, cuellos, espaldas, pechos, cinturas. Solo hay que buscar con cariño, sin prisas. A veces he bautizado constelaciones lunáricas con nombres inventados, como ese grupo de dos preciosos lunares que tienes en el cuello.
Una estrella que siempre buscaba es Aldebarán, mi estrella favorita, es una manía. A veces cuesta, pero siempre se encuentra un Aldebarán en una piel de mujer. Y si no aparece, siempre la puedes imaginar situada en el lugar que más te seduzca. O dibujarla con ese lápiz dibuja-lunares que seguro existe, o nos lo inventamos. Si ella te deja claro.
La ubicación de los lunares femeninos es a veces sorprendente. Yo me enamoré de un Altair situado en un lugar de difícil acceso, mágico, único, lunático, especial, irrepetible.
Creo que pocos ojos lo habrán contemplado y admirado. Y menos aún bautizado. Sigo enamorado de él, aunque sé que ya nunca lo perfilarán mis labios.
Porque cada lunar femenino es un beso, una caricia dulce con la mirada, con la yema de un dedo o con la punta de la lengua, un susurro. Toda mujer lleva un cielo dibujado en su piel.
El único cielo en el que creeré siempre.



